Thursday, January 12, 2012

Noche


Se podría pensar que las circunstancias son lo que se puede ver, pero las incesantes páginas de esta historia rebasan la simple gesticulación de lo aparente: el aire colgándose de la noche invernal, el agua bajando sigilosa por los tejados brillantes, ese frío que esconde la neblina y el sonido común de la medianoche saludando. La trampa inútil de un instante engaña al resto del mundo como lo hace la dicción fingida de una estrofa que se ha brincado el escrutinio del silencio y se niega a la relectura.
Sucede que, como ruego, evocamos las formas de un mundo impostor, y la escritura de ese mundo es una galería de sombras o tal vez fantasmas que cantan letanías ilegibles aun para la memoria. Uno no está obligado a entender la torpeza de una imagen, detrás de la cual se puede ocultar la lluvia, el frío y aun quizás la invención de la congoja infinita. Pero hasta en la más grande severidad se aburre el universo de sus ciclos y de la colaboración constante de los minutos. Conclusión: La muerte es un sueño inconcluso, cuyo secreto no ha sido revelado.

Thursday, December 22, 2011

Coincidencia.

La perfección es un espectáculo decembrino, a veces tan certero como una advertencia. El suspiro de un ángulo impaciente hubiera roto esa afirmación inequívoca que articula la coincidencia, pero por alguna razón manchada por lo insólito no acudió la calamidad al llamado y (en esta ocasión) la gracia estuvo del lado de un espectador a ras de suelo. Por un momento sonrió, casi victorioso, porque no le fue arrebatada la imagen precisa, porque en un segundo secuestró esa escena donde se arremolinan las fuerzas invisibles y la espera de todo instante hablando en voz baja como el azar. Lo que pudo parecer dominio del asombro, tomó la forma del orden cuando la tarde ya sentía la obligación de resbalarse cuesta abajo hacia el oeste. De cualquier modo, la verticalidad fue ese gesto interino que, al mismo tiempo, quedó sumergido en el tiempo para disfrazarse de algo parecido a la posteridad… Así durmió aquel pequeño residuo de otoño, encogido y solo en una grieta que, sin embargo, tampoco negará alojamiento a la humedad boreal que ya tienen prevista las tardes de otro mes.

Wednesday, November 23, 2011


Casi no recuerdo el resto de la historia… recuerdo trozos de frases rodando como nubes por encima, pero también la inmensa indiferencia del mundo. A ratos me llegan imágenes que desfilan a paso lento… sonrisas, callejones, andenes y hasta esos muros que no tienen edad ni origen. No hubo tiempo ni adornos para cada narración, por eso se detuvieron mis pensamientos, para conocer todo aquello que tomó el lugar de un recuerdo, aún cuando ya no recuerdo más de lo que ignoro. Quizá sólo recuerdo ese campo tapizado de puntos y comas, un espacio realmente fatigado en el fondo de sus preguntas, sin la menor idea de cómo traducir sus límites, sin el menor asomo de ser más que un instante de mala memoria y, sobre todo, de poco entendimiento. Quería abrir la marcha de ese alfabeto que busca como usurero amasar y repetir sus propias obligaciones para maquillarlas de fortuna; pero, como dije, no recuerdo mucho… De todos modos, ya sabía que nadie contaría esta historia escondida detrás de todas las debilidades posibles. Olvidé casi todo… los golpes en la puerta, los amaneceres del frío intenso, las sombras legitimando una oscuridad sin formas; olvidé hasta la sorpresa de no recordar y la urgencia de borrar hasta el olvido. Olvidé para que el silencio gravitara sobre esas pausas que regala la novedad y, sí… lo olvidé también, porque como dije, mitad otro, mitad yo, el enemigo que aún soy, casi no recuerdo lo demás.

Thursday, October 27, 2011


El día de hoy fue más enjuto que el resto, por no decir que más sombrío. No sé si por los vientos que se apresuran, o tal vez porque los árboles parecen estar hechos de tristeza, como marea fundada por fantasmas amarillos, pensantes… Supongo que a las hojas, como a las frases, les llega un instante de gangrena y, entonces, se les cae una humedad -nunca sola- para convertirse en una semana de cansancio. Aquí, como no hay ciudades, no hay pecados ni ignorancias que valgan el sacrificio de no creerse inmortal. Hay, sin embargo, eventos, ciclos, nombres e instantes que el tiempo prohíbe en nombre de lo que no se dice en escrituras. Mi afán de entender ese lenguaje es incauto y la luz insuficiente, pero así es la eternidad de una tarde que camina hacia la necesidad de no ser rehén azul de un sueño; así es cada uno de mis pensamientos a destiempo por no calcular los solsticios. Todo es así: La lluvia, la niebla, el frío, los pájaros migrando… todo existe bajo sospecha.

Monday, October 17, 2011

Sueño...


Quizás en uno de esos sueños remotos del pasado pude verlas, tan nítidas y sólidas como la rutina misma. De cualquier manera, me parece que hoy en día sólo quedan rastros de esos sueños que no alcanzan ni a insinuar los ecos de su propia brevedad. No lo sé, pero si hubiera tenido la pregunta adecuada, tal vez tendría hoy una certeza unánime a la cual rendirle culto, en lugar de preguntarme constantemente lo mismo... ¿qué fue primero? ¿acaso la imagen o ese sueño que ya no sueño?

Friday, October 14, 2011

Mancha en blanco y negro.


Uno nunca olvida cómo mueren los colores, porque los colores son muertos que simplemente duermen y no hacen caso a la voz de un pensamiento a solas. Las líneas a veces nos ponen al tanto de ese modo ridículo de morir a cada segundo y, al mismo tiempo, de contar cómo nos convertimos en fieras hambrientas, siempre cazando espejos y cenizas. Yo prefiero no recordar y dejar que un movimiento haga el resto de la hazaña, aunque acabe en el desastre de no ser más que un momento perdido entre incontables momentos.

Ojos vendados


¿Cómo adivinar aquello que ni siquiera se puede ver? ¿Cómo denominar ese simple intento de lo que creemos es una adivinanza? No poder ver es a veces una oportunidad para penetrar en el horror de saber que los ojos sirven para envolvernos de lo infinito, pero también de lo trivial. Entonces, ¿quién es realmente el que no puede ver?...

Friday, April 15, 2011

Hoy tengo ganas de voltear el mundo de cabeza y no tener que caminar por el suelo de siempre, que la tierra sea un techo blando y paralizado por su propia transparencia... quiero caminar sin tener que flotar entre los juegos exactos de la tarde y sus peldaños anaranjados de tanta luz.

Thursday, March 10, 2011

Ventana


Creí escuchar el fragmento de un eco que permanecía sentado junto a la ventana. Pensé que en su raro zumbido cabalgaba una frase como todas las que solía oír antes de la siesta, cuando los talleres cesaban sus sinfonías de cigarra y se dormía el calor de puro cansancio… en esos momentos de tanto sol que nadie suele pensar ni siquiera en noticieros de las tres, agotados y solos.

Juré por un momento que esa misma ventana también me traía de nuevo una solemne lluvia que se escurría como vida, creciendo en las aceras y ablandando mis caminatas por el patio con olor a ladrillo. Después de eso, recordé… sí, recordé cómo un ejército de noches me sorprendía mientras hacía conjuros que ya no recuerdo o más bien desconozco. Sólo viene a mi memoria un gran derrame de estrellas envolviendo la quietud de los tejados y alguna que otra sombra de gato, y yo buscando la razón de un viaje al norte de ida y vuelta.

Sé que la historia puede cobrar la forma de un murmullo inteligente, pero quizás necesito encontrar de nuevo ese eco a diario para justificar una tarde cualquiera de escritura, o más bien para escribir cualquier justificación de esa y muchas tardes, del resto de las noches que se han ido a mi sótano personal. La arena y el tiempo son cómplices silenciosos que no perdonan un parpadeo y en el instante menos pensado se roban todo con la misma mano con la que cierran puertas que en ese mismo instante han dejado de existir.

Porque a veces no sé quién miente, si el presente que filtra olores y temperaturas, o acaso el pasado que aún duerme como niño sollozando en la completa negación. Hubo tantas versiones de esta misma ventana que mi sorpresa yace en un punto equidistante entre el recuerdo y algo parecido al olvido que habla como fantasma.

Thursday, March 3, 2011

Tarde


No es que no te crea, tarde... pero te pareces tanto a otra del pasado. ¿Cómo puedes jugar así con las pupilas? ¿Cómo te presentas de manera tan impune?... Eres tan parecida a mí y a mis días que siguen anclados en un lenguaje de monotonía. Te creeré por hoy, sólo por hoy.

Thursday, November 18, 2010

La nieve


En esa confesión admití, con palabras parecidas al mármol, que el volumen definitivo de mi historia no sería otra cosa que un silencio de nieves tardías y milagros absolutos tratando de reconstruir árboles para más tarde, para ese tiempo en que se gasta la distancia mientras todo se esconde entre la amargura de los cerros y sus antiguos sueños de luz. Me pregunté el porqué de tantas ausencias, y una cruda obviedad me dejó con las manos en forma de esos relojes ondulantes que duermen en la desdicha de creerse en marcha. En medio de esa fiesta de frases, pensé en que la nieve no tiene medidas ni registros que escondan su poder cotidiano de amortiguar cada noche cayendo de forma inevitable. Mi confesión, o más bien profecía, trata de un instante que se encoje como patio, y que no regresa a la simpleza de su origen quizás porque ya lo ha olvidado.

Thursday, November 4, 2010

Cementerio en zona prohibida.


Los muertos, los aparentemente inamovibles, se descuelgan a ratos de sus sueños rígidos y se congregan ajenos al control de ese silencio mágico que los distrae de estas paredes de aire. Juegan a no estar muertos y a perderse en el bosquejo de las cosas que llamamos ficciones cotidianas, más tibias que una ventana vespertina. En un símbolo o en la distancia encuentran la raíz de una necesidad que más bien parece superstición, para así desempañar la memoria de un tiempo que sigue celebrando cielos y ocasos. En ese gesto de resistencia, es cuando los muertos se estacionan en lugares prohibidos y, por ello, deben ser remolcados de vuelta a sus guaridas sombrías, ésas que no expiran a pesar de no tener monedas.

Thursday, July 29, 2010

Caso número 467


Árbol que, motivado a realizar un supuesto sacrificio para eclipsar la luna, fue seducido por los bordes de esa luz intacta, sin mucha dificultad. Felicito a esta luna por su enésimo triunfo sobre el mundo... y a este incauto árbol le dedico un trago de Scotch por su error insignificante entre todos los que he hecho. El crimen fue más bien una consecuencia del aburrimiento que siente la noche cuando no hay lluvia y se diluyen los insectos de las aceras.

Saturday, July 10, 2010

Montaña


La lejanía y la furia me la dibujaron aquel día de marzo. Ahí estaba, quieta y prolongada. No se me apareció con la soberbia ni la astronomía, sino más bien con el leve aleteo de una llovizna tardía que convoca un enrejado de humo parecido a las nubes. No dije nada. Callé como cuando enmudece una ausencia y (aún) me maldigo por ese maldito silencio de arena. Esta ahí, postrada y marmórea, flexionando sus rodillas invisibles para recoger sus restos regados por una planicie inmune a sus caprichos tectónicos… pero ¿qué fue sino un parpadeo? ¿qué fue sino un instante sin conjugaciones? Más cubierta por el odio que por nieve se quiso esconder entre las curvas y mi ceguera, pero la alcanzó un disparo certero que hace las cosas infinitas.


La tarde se hizo un puñado de atrasos, se tradujo en un par de triunfos baratos de un tiempo que muere a diario. La miré de otra forma y fui testigo de su desmoronamiento. Buscando reemplazarla busqué otro cielo, otras líneas. Busqué una tregua en el oriente, pero ese horizonte cóncavo e insolente me dio la espalda y me invadió de rencores como cristales pariendo sombras. Aquel espacio azul se hizo un borroso diccionario de perspectivas que contaban mentira tras mentira, y yo seguía callando, solemne y seco. Volví los ojos hacia aquel borroso montón de escarcha y seguí mirando hasta que los kilómetros me lo arrebataron, tramo a tramo, y finalmente bajo la ejecución trivial de una gasolinera. Seguí rodando en una venganza plural que en un segundo se hizo olvido.

Thursday, May 20, 2010

Conjeturas breves


No, las frases no se suicidan bajo cualquier desencanto. Los jueves tienen esa extraña hermandad con los fines de semana, cuando los planes y las descripciones no bastan para llenar la curiosidad, como los ángulos que se filtran para pintar una ciudad hundida en el asombro. Somos anónimos y somos el quebranto de lo que no se escucha a diario. Entonces ¿dónde yace el ánimo de los segundos que nos conducen al extravío de sabernos vivos? ¿Cuántas auroras se destiñen a diario para mantener las razones de un sacrificio sin principio ni fin? La eternidad se puede cantar a través de un puñado de endechas, pero los astros, silenciosos y de impenetrable brillo, se escapan constante de toda letra, de todo todo recorrido sintáctico. La zozobra de una explicación es la puerta que detiene el tránsito de ese canto, de toda hazaña propuesta por el tiempo. Porque hay manos que no paran de escribir bajo la blancura manchada de una lámpara que se niega a dormir cuando todos han callado sus anhelos cotidianos. No sé... quizás es el todo, tal vez la nada, o podría ser que el cansancio se ha pluralizado, se ha repetido en todos los cansancios como ecos que merodean patios solos, como inquietudes que desangran el poniente de tantas embestidas, de infinitos colores que parecen frases.

Monday, February 8, 2010

Sin título


Well back home are no floods or tornados
Baby and the sun shines every day
–S.R.V.-


Cuando dijo aquellas palabras, ya era demasiado tarde. La noche ya había inventado una alcoba con tantas sombras que, cuando menos lo pensé, los cuerpos se habían borrado irremediablemente. Quedó exhausta la cama, y en la mesa de al lado, un cigarrillo agonizaba dibujando rizos con un suspiro de humo que se enredaba como brazo inquieto en la lámpara dormida. Stevie RayVaughan nos calló durante cinco minutos y veinte segundos atestiguando un ritual de pensamientos posteriores a los ruidos y a la humedad compartida. En ese momento, supe que sólo había lugar para el “bending” de esa prodigiosa guitarra, como los ecos de ese ansioso sexo transitando la media luz hasta apagarse.


Es cierto, era tarde, pero ella me lo dijo, no sin antes oír mis quebrantos, mis quejas por el tiempo y la distancia. Aunque ella lo detestaba, tuvo que repasar –de nuevo- mis diseños de tardes y madrugadas en antepospretérito, mis cuentos desfasados por el olvido de ambos, acerca de amantes perseguidos por la luz diurna para no ser vistos invadiendo moteles, siempre con esa premura con la que las manos se hacen furiosos puños al devorar sábanas tibias... Me oyó sin escucharme. Miró las yemas de mis dedos para buscar algo más que su propia piel, para mucho más que reconocer el aroma de su cabello ahora revuelto.


El reloj traicionó la posibilidad de un epílogo prolongado. Cada quien forcejeó con su ropa, pero sobre todo con la disyuntiva situada entre la razón y el sincero deseo de recuperar cada pieza. La vi voltear hacia la cama, y entre sus labios se asomó un suspiro que me quitó la soledad por un instante. La sentí tan mía, que antes de dirigirme a la puerta se me escapó la mano del bolsillo para resistirme a la despedida. Quise decir algo... no sé, cualquier cosa. Lo sabía, era muy tarde; pero ella me dijo “shhhhhhh”... y entonces supe que ésta era una de estas historias, pero sin ninguno de esos signos de puntuación que cortan con su monotonía el placer elemental.

Friday, November 6, 2009

Hambre


Quiso correr por ese plantío donde las huellas del odio y la cafeína convergen en la eterna disputa por el horizonte. Miró la maldita urbe tragarse los perros callejeros en el instante previo de su propia muerte cargada de monotonía y caucho rechinante. Respiró la incandescencia de todos sus monstruos, con sus suspiros roncos de seis cilindros, aguardando por la timidez del reloj en plena celebración de su mecánica inútil. Miró su ropa y constató cómo se le cayó el nombre con todo y alma, como divulgaciones de un mundo criminal sin treguas ni descuentos por la venganza. Se vio arrastrando sus ojos como arenas desérticas sobre las aceras sin dominio, bajo la habitual parálisis del sol humeante. Se creyó cansado, mas se pensó ileso del océano de gargantas dialogando con teléfonos móviles. Eran ya las cinco y sus manos de escoba estaban más vacías que ese martirio taladrándole las entrañas. Nada ahí… nada acá tampoco… su sangre alcalina perdía la batalla de los golpes ardientes que el cuello atrapa, pero que nadie escucha en el tráfico de la nada. Sus pies de tierra hicieron de la tarde un indestructible acecho con el ritmo de los barrios violentos y la paciencia de las dunas sonrientes por otro muerto más bajo las mismas estocadas invisibles que da la negación. Llegó la noche y él se intuía preso aún de sus andanzas, de su cuerpo flaco, de sus pensamientos ciegos, pero sobre todo, de sus nítidos miedos, de ésos que se acuestan en la calle sin descansar de su hambre, a ratos dormida, pero nunca muerta.

Friday, July 31, 2009

Final


Murió a las puertas de una frase, quizás de un refrán repetido hasta el hartazgo. Murió sin la agonía de los que entablan conversaciones furtivas con una voz más allá de la tarde y los altares. Murió sin la condena de las sábanas rompiendo la voluntad y el tiempo en pedacitos. Decidió que moriría con una rapidez incomparable a la tortura de nacer, con una velocidad impensable para los que esperan. Llegó con sumo sigilo. Temblaron sus piernas al posarlo sobre la banca de aquel parque desierto como lápida. Tembló su mano bajo el sol inclinado al buscar en el interior de la bolsa de papel, pero en cambio, ya no le temblaba el pensamiento que se negaba a recrear la luz y la vulgaridad de una tarde desprendiéndose de sus contornos azulados. El acero pavonado se desnudó y brilló con la pureza de un piano portátil, pero sin notas que esparcir por un aire inmóvil y cómplice, un aire expectante. La Smith & Wesson se volvió un objeto hermoso, pero al mismo tiempo más pesado con la idea a cuestas de lo que continuaría. En un segundo parecía escurrírsele la gracia del metal de entre los cabellos hacia el lado derecho de su cara más muerta que viva. Palideció su carne y la sangre lo llenó de percusiones pesadas y violentas. En eso, la síncopa de un murmullo cercano pareció manipular el dedo índice para seguir su camino hacia la nada.
Los segundos se estiraron como mapas sobre los cerros. No quiso ver la hora, ya no pudo recordar sus motivos, pero sobre todo, no pudo coincidir con el mito que compacta la vida en un instante antes del suceso final. Mentiras, la muerte es una dicha de apagar interruptores irreversibles. La muerte es que todo se vaya a la chingada, es un tronido que acaba en silencio. Con un movimiento torpe de labios intentó articular algo llamado “noche”, pero ni eso alcanzaron sus oídos a percibir. Se accionó la trampa personal. Tan sólo le llegó la carga frontal del estruendo y se le perdió el eco de su propio epílogo, un sonido que desde afuera hubiera resoplado como la secuela de una nube en plena furia descargando luces… No fue como en películas, no sucedió como en la tele. A éste, se lo llevó la chingada sin créditos finales ni músicas melosas. Al final, sólo la luna llegó a recoger los pedazos de un simple derrotero que se acabó de golpe y por la gracia de un “ya basta”. Entonces llegó la noche, democrática e impasible, y lo lavó a golpe de lluvia, tal y como se lavan todas las historias para que Dios duerma su siesta sonriente y en paz.

Wednesday, July 29, 2009

Crimen


Al verla así, tan blanca y sedentaria como en sueños, pensé en matarla... Pensé en ahorrarle los llantos de una tarde cualquiera, separada del calor y del mar, con una pena más allá de sus manos de calendario, blandas y solemnes. Sus suaves hombros me pidieron a gritos interminables que los guardara en el pleno instante de un golpe monumental, o quizás de un aniquilamiento definitivo y protector, para no pensar en el mañana ni en calles que alguna noche no tendrán letreros ni perros deambulando en busca de retornos insatisfechos… Sus ojos reclamaron ansiosamente el destierro de los oscuros relojes plagados de mañanas sabatinas sin despertares, de sombras indeseables al pie de los párpados cansados de tanta reverencia al mundo… ¡Diablos! No pensé en otra cosa que robarle los latidos con la generosidad de un crimen absoluto y silencioso, y con ello, dejar de pensar en cosméticos, revistas de moda, almacenes donde no se compran sueños, o alguna dramática cirugía reconstructiva en contra de la insensatez de un futuro hambriento de piel presente.


Quise tenerla así, intocable y precisa como jardín privado sin horizontes, como flores en plena orfandad insospechada latiendo sin la espera por los meses malditos, de ésos que anuncian las magias infecundas de un trecho nocturno a la mitad del verano lejano. Pensé (lo juro) en apartarla de las adivinanzas, de julio, de los chismes comunes, las caminatas y los abecedarios… arrancarla de la historia y posar su nuca sobre el aleteo cósmico de un solo momento congelado, ajeno, ingenuamente intrépido. Soñé un instante con regalarle el olvido por todo: espejos, combustibles, básculas, recibos, correos abyectos y los deliciosos errores geométricos de su cintura incontrolable. Quise poseerla como lectura sin comas, como el descanso mudo de una sinalefa, detenerla como una sílaba en constante repetición, como un hojear de los días y sus nubes solas, a pesar de los odios y las asfixias que el mundo cree ilícitas… quise guardarla en un puñado de soles hechos uno para que no tropezara con los tantos objetos cotidianos de la tristeza y sus monstruos sonámbulos que incendian los olores íntimos de lo perenne en habitaciones vulgares.


Intenté protegerla de los días, de las lunas, del descuido y de los crepúsculos que, como vampiros, muerden su carne agnóstica hasta la saciedad deshecha en temblores diestros y terrenales. Pude hacerlo… supe que podía hacerlo, y aunque no reía, de alguna manera logré guardarle la sonrisa inmortal y serena en la urna de mis manos rígidas como versos antiguos. En fin, quise resguardarla de todo sin esperar nada, pero a la mitad de mi tarea, se arrepintió de la inmortalidad y velozmente corrió como quien quiere vivir en la congoja de esperar la vejez, día a día… Se fue, se fue a vivir y a morir bajo la tiranía del tiempo hecho de días y semanas que en este momento seguramente le mutilan la respiración sin misericordia, de lunes a domingo.

Monday, July 6, 2009

Acción en el pretérito


Hoy colgué frente a la tarde los fuegos que tenía guardados para otro día, para otro instante de himnos y letanías redondas como planetas. Reventé los colores con la simpleza de un rumor encerrado bajo miles, millones de candados soplando la muerte de un tiempo verbal, uno de tantos que desafían la aspereza de la soledad, y que sueñan con el asomo intrínseco de una mañana disfrazada de noche ondeando cobertores húmedos.

Recorrí las infames sustancias del vacío para redimir la aguda espera de una ausencia aferrada a acantilados lejanos e irreconocibles. Miré los muros de la distancia y me cegó la verdad de los kilómetros, me condenó la mentira de los océanos tiritando mareas de un rumor sanguíneo, como si en el vaivén de las horas buscara aquello que no se encuentra ni en sueños, como si en los sueños oscilaran las horas de lo que encuentro sin buscar. A veces es tan tarde para la muerte, a veces tan pronto para la ceniza, a ratos ni siquiera es tiempo infinitamente, con la sed exhausta de tus hombros pálidos exigiendo soles, jardines y sombras que vagan por horizontes líquidos.


Arrasé cuarteles silenciosos, indefensos, de esos que yacen calcinados por la impertinencia de mis raras ideas cortadas y oscuras como callejones a medianoche pariendo borrachos y gatos. En la pausa de un siglo intenté confiscar tumultos digitales, dar muerte a una masa binaria para averiguar que mi muerte no dura tanto, que es tan sólo un sueño de horas, pero al mismo tiempo una agonía eterna de saberme aquí, en medio de la remota caída de las palabras, en la oscuridad de la frase que se disgrega en soledades infernales.


Extrañé la hazaña de internarme en el crepúsculo de tus piernas y morderte los brazos que se ensañan como hogueras por la eficacia de mi afición de hambre y rabia. Recorrí el desierto y me creí oculto de los cielos grises, de las nubes en reposo inmenso tras la confesión frenética de la lluvia imitando tus ruidos íntimos, tus fantasmas de voces atropelladas y suavecitas, pidiéndome la derrota del olvido y la furia de mis embestidas con una cadencia cómplice y definitiva. Deseé tu febril naufragio en una inmensidad de sábanas como en páginas vacías presenciando la súbita transpiración de tus manos apretando tus ansiedades, tus gemidos sin rumbo en busca de mi piel visitante que se despide con temblores de asfalto manchado por agua y arena, por los dedos del viento manejando las espumas elevadas de otra noche que se acerca a punta de estruendos y luces sin alas, pero infalibles, dispuestas a cercenar la tiniebla.


¡Qué engañosa es esta negrura incesante! ¡Qué distantes son los mares y qué lejano el sueño de las olas navegando como tribus por un espacio de amargas antigüedades! No es ésta la primera noche, no es la luna inaugural del desvarío, pero se enciende el cielo como si naciera la mitad de mi vida, como si sanara parte de tu piel en mis manos plagadas de puños y escrituras… sí, mis manos que apagan fósforos para no denunciar veladoras rodeándote en el conjuro nocturno que nos esconde de la brevedad y el silencio. Fui a enfrentar enemigos dispersos por campos solemnemente trazados a lo largo del mundo. Me marché sin saludar extranjeros mudos que no saben de la carne ni del opulento instante abrazando todos los miedos en forma de cintura suave y cálida. Salí a descifrar las señales de una noche imparable que habla con voz de trenes rompiendo tempestades. Sin buscar, encontré respuestas sincopadas contando la historia de un destino opuesto, pero a la vez idéntico a la persuasiva calma de mis tardes a solas pensando en la noche que viene… y tú… ¿adónde fuiste?