Así era la tarde gélida de febrero. Comenzó con el paso de una creencia al miedo por las nubes; del caminar con pasos pequeños a la calamidad de no sentir las manos, de no escuchar los suspiros y en cambio mirarlos. La tarde era una necesidad de no mirar más la ausencia de la luz, era un trámite dormido de las lluvias que se hacen golpes violentos, blancos. La tarde era la intuición, la pregunta bajo cero flotando sobre todas las cosas que se tardan tanto en regresar desde el tibio pasillo de un agosto lejano.
Saturday, February 21, 2015
Sunday, May 18, 2014
Niebla
A veces viene así, sin aviso previo, como cierto tipo de crimen. Se nos queda en la conciencia, metida e insistente, se hace una verdad traslúcida que, en lugar de flotar, prefiere pasearse entre los charcos, entre las grietas del asfalto y, de pasada, le gusta treparse a las escaleras para que no la vean los vientos que reclaman su préstamo. Es un accidente. Es -quizás- como uno de esos vampiros,... altos, serenos, ésos de los ojos confiados, los que se acuestan y respiran despacito su tercera o cuarta muerte (necesaria si se quiere decir) antes de la huida. Es uno de estos sucesos que viven de la rara sorpresa de abrazar al aire por detrás y desatar en el acto un olor de peces muertos, un aroma de pantano. Es un fenómeno agazapado, al mismo tiempo que, con el apuro a cuestas, roba colores y distancias. Cuando llega su turno, los ánimos se le pasan y al rato ya no le alcanza la carne para apagar los mediodías. Entonces, prefiere caerse y beber la luz regada por todas las aceras. Así, simplemente se cuelga de su propia memoria intentando disuadir al tiempo para que no la deje atrás, a su suerte y a merced del silencio diurno
Wednesday, March 26, 2014
Hielo
Caminaron. Caminaron solos cargando el azar de un diluvio ausente, sin raíces ni intereses. A la derecha y lejos de la piedra, trajeron un sueño polar y volvieron como todos los años a vagar sobre el hielo, quizás en busca de un alba llano, sin pánicos que juzguen la rutina; o tal vez intentaron poblar la entraña marginal del agua dura y dividida. Algunos, los más diestros, perforaron la tarde con la complicidad de una adivinanza, de ésas que son severas con los rigores de la física. Otros, afirmaron su malestar con la velocidad de una palabra sorda, mordida una y otra vez en el más absoluto secreto. Casi todos respondieron quedo, como fantasmas, y luego consagraron la ira de un sueño que ya no vuelve a la esquina de la memoria, ya sea por asomo o por darle un tributo a la decencia de desalojar las causas de un invierno obstinado en compartir sus propios sótanos con la luz. Todos de pie y heridos, faltan a sus trabajos, por negligencia o por el cínico placer de comprobar la tensión superficial de las horas que no son como las oficinas. Todos andan lento, conspiran contra el lago, todos se miran sin verse, por lo menos para matar el asombro de no encontrarse hundidos en las grietas, en los montones de una sola pregunta: ¿Cuándo llegará la primavera?
Friday, February 28, 2014
Frío
De aquí hasta donde alcanza la tarde, la luz se despedaza sobre piedras que no tienen el color de las piedras. Todo es blanco y no quiere cambiar ni de nombre. En Ohio, las nubes tienen miedo de irse bajo el riesgo de que el gris se haga primavera en un parpadeo porque (supuestamente) aún no es tiempo. Todavía es febrero y el aire, siempre amenazante, apunta a los lados del calendario para confirmar que aún no se va el frío, para no arrepentirse cuando las palabras ya no sepan a frío mezclado con diesel. Mientras tanto, el sol muere como adolescente, se va a diario temprano, a empujones y vacío. Así es cada noche, un descanso de charcos sólidos, líneas de luces mercuriales tiritando, una muerte repetida sin polvo y esperando la oportunidad de soñar con vampiros volando hacia las sombras que proyecta la sangre brotando del poniente.
Monday, February 10, 2014
Luna sola
Encuentre la luna y llévesela a casa. Llévesela entre las sienes, si quiere, pero no la deje así, tan sola y terrenal. No vaya a ser que en un descuido, se la robe la niebla a punta de tangentes, tomándola de la cintura. Salve esa luna inclinada sobre las ramas para que la noche no la rompa y que, después, deje sus pedacitos regados en un puente de nubes ausentes. No olvide que la luna tiene una lengua enredada en los hastíos cotidianos, después de tanto perseguir el horizonte. Sí; la luna de gritos y humos; es ella la que aulla y se esconde en los cerros que se tragan los pájaros, los tornados perfumados de primavera. Cuando por fin la tenga, recuerde cerrar la ventana y, así, todos sus miedos no serán más que sombras plateadas, como mariposas jugando a pintar la madrugada.
Saturday, January 25, 2014
El Túnel
Avancé por el túnel. Ahí estaba. Quieto, profundo y al mismo tiempo atareado. Era un punto herido, un examen quizás de luz que expulsaba de las paredes cualquier sombra. Me di cuenta, asimismo, que las palabras habituales se me hicieron, más que fieras, lejanas, al grado que sentí en la memoria esa obligación de empujar aromas -acaso sonidos- contra mis pesadillas, hacia el fondo, para que durmieran en su destino, que es lo mismo que un cuaderno manchado de rumores, sin historias. Para mi gran sorpresa, el final del túnel jamás llegó. En cambio, me miró su curvatura y la distancia fue una alegoría inalcanzable que en un segundo se apagó en secreto. Creo que en ese mismo momento, sus formas y sus voces matutinas se olvidaron de mí y de lo que fui, una de tantas casualidades que se hacen ausencias.
Thursday, January 2, 2014
Otoño- Invierno
Por si nadie se acuerda, hubo un tiempo escondido detrás de una, de dos, tres y las otras nevadas, antes de que éstas formaran ese inmenso lomo de incomodidades. Hubo un momento de hojas flotando irregulares al atardecer como sequías de colores, cuando el frío disimulaba sus embestidas en madrugadas anaranjadas y más tempranas que cualquier aroma. Pero ese septiembre (quizás), ese octubre avergonzado por los días, por las palabras y sus peleas cotidianas, se cansó de sus luces y se inclinó sobre una almohada blanca rellena con los misterios de algún recuerdo que se aparta más y más de cualquier creencia, de toda calle transitada. Ese tiempo, ese suceso, tal vez rehén de su propia transparencia, es ahora un punto que a la distancia recuenta sus minutos horadados por el luto del presente que se niega también a perdudar.
Tuesday, December 3, 2013
Noviembre
Al día siguiente, una vez que pasó la
tormenta, los pájaros no comprendían (o parecían no comprender)
absolutamente nada. Ignoraban acaso la causa de ese gran delirio, la
fuente de ese deseo inevitable de aletear con furia hasta entenderse con
el caos. No entendían por qué la tierra y sus segundos eran tan
severamente inconsistentes con todo, excepto con la agonía gris que se
estacionó en las ramas quietas. No aprendieron -o no quisieron aprender-
que la tarde no sólo es congénita del tiempo, sino asimismo antípoda de
una sombra que duerme lejos, más allá del poder de una curvatura
afiliada a la distancia.
Al final, aturdida e inexpicable, justo antes de replegar su ejército de alas, la bandada prefirió conjurar vuelos memorables y, así, blindar con golpeteos el aire cada vez más frío, cada vez más pesado, con olor a invierno. En desdichada espiral, pudieron imitar la combustión compleja que se disfraza con palidez de las nubes vespertinas. Sus alas fueron relojes de negras manecillas percutiendo los números y el diálogo entre leyes mudas que nadie comprende.
Su gran tragedia (o fortuna) fue que no supieron cómo las palabras, una vez extenuadas de tanto articularse a deshoras, se hicieron mitos para que, después, esos mismos mitos se parecieran a las palabras, pero lejanas al fracaso que late como significado perdido. Yo, protegido en la calidez, desde mi ventana, sólo pude echar a andar mis propias contradicciones, quizás más parecidas a la indiferencia, y que se mezclaron con un olor a libro viejo, en cuyas páginas maltratadas se relataba -sin imágenes- la súbita intrusión de un montón de pájaros que manchaba el cielo una tarde cualquiera de noviembre.
Al final, aturdida e inexpicable, justo antes de replegar su ejército de alas, la bandada prefirió conjurar vuelos memorables y, así, blindar con golpeteos el aire cada vez más frío, cada vez más pesado, con olor a invierno. En desdichada espiral, pudieron imitar la combustión compleja que se disfraza con palidez de las nubes vespertinas. Sus alas fueron relojes de negras manecillas percutiendo los números y el diálogo entre leyes mudas que nadie comprende.
Su gran tragedia (o fortuna) fue que no supieron cómo las palabras, una vez extenuadas de tanto articularse a deshoras, se hicieron mitos para que, después, esos mismos mitos se parecieran a las palabras, pero lejanas al fracaso que late como significado perdido. Yo, protegido en la calidez, desde mi ventana, sólo pude echar a andar mis propias contradicciones, quizás más parecidas a la indiferencia, y que se mezclaron con un olor a libro viejo, en cuyas páginas maltratadas se relataba -sin imágenes- la súbita intrusión de un montón de pájaros que manchaba el cielo una tarde cualquiera de noviembre.
Saturday, October 19, 2013
Corn
Dijo don Miguel Ángel. "La tierra cae soñando
de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas...". Lo malo
es que aquí no hubo montañas donde caer, ni modo de escaparse del sueño
que abraza las planicies envejecidas por tantos vientos
grises bajando desde el norte. Si se cae la claridad aquí, pues no es
culpa de nadie; pero el invierno llegará a exigir un recuento de hojas e
insectos y para entonces, la sombra ya nos habrá hecho un andamio de
excusas para responder lo que sea.
Octubre
Hasta donde se lo
permitió la certeza, habitó algo así como un recuerdo y que, a la vez, era casi
una alegría. Y en ese espacio, todas las tardes, entre la veracidad de una luna
ausente y un hilo infinito de callejuelas, le dio por regresar a las seis para
encontrar detrás de su puerta los dominios de una alfombra durmiendo profunda y
sola, sin religión, sin aire. Sucede –pensó-, que ya no es suficiente pensar,
que no basta con caminar por una acera tapizada de sílabas y ayeres para llegar
a una ventana, mientras que un mundo se pierde lentamente, pedazo a pedazo,
hasta que se le acaben los fantasmas simples de la lluvia.
Hubo momentos en
los que no recordó ni su existencia, cuyo abrazo siempre olía a la asfixia que
provoca el viento que suele arder irremediablemente al oeste. Después fue peor;
olvidó la hora, sus minutos y sólo supo que quedaron frente a sus ojos
–danzantes y serenos- los sauces rumbo al lago compartiendo su sangre
silenciosa y sus manos sin odio. Más tarde afirmó. –Curioso, juraría haber estado aquí antes, en otro tiempo, como cuando
mis ojos se encaminan a pisar la hojarasca de octubre, aunque no sea octubre ni
los pájaros callen-. Finalmente, quedó al filo de sus propias conclusiones
y una llamada telefónica le trajo algo más que los versos de un sábado sin
estrellas. Le dio, en cambio, una casa, sus rumores matutinos de café con voces
radiofónicas y una razón para desconocer las cosas. Todo para nunca abandonar
la perplejidad ante todo lo que atrapan los párpados muchísimos años antes de
morir.
Friday, June 28, 2013
La muerte y el humo
Lo que no se
suele decir sobre la muerte es que a diario arranca a toda marcha desde el
oeste, usualmente sin los clásicos avisos de la sed a la orilla del camino. De
modo vertiginoso, arranca de su sitio todo lo que encuentra: desiertos, armarios,
cerros y caminatas… aguas dormidas, trozos de cielo que le quedan a la luz y,
justo antes del sueño y de que millones de ojos intenten arrinconar toda la
angustia detrás de las sombras, esta muerte, angustiada y silenciosa, le da un
golpe letal y un tanto irritante a esos sonidos que ya no encuentran el mar ni
en sueños. Personalmente, creo que a uno no le queda otra salida que vencer el
temblor, sacar las manos y rodear las cosas de relatos para que no mueran con
el día, para que no vean ni sientan el fracaso de la sangre en cada parpadeo
del polvo -de por sí ya cansado-. Aquello que nació con las horas espera,
espera hasta que una larga mueca de los huesos se duerme en el extremo donde se
tropieza el ocaso. La tarde es así, como el sacrificio. Es así porque es el
último palmo de un deseo prolongado por un crimen imperfecto que no tiene
origen y que, como el humo, no se apaga, sino que se convierte tan sólo en una ceguera
del habla o, bien, en el sentido escondido de lo que uno quiere que permanezca
perdido. Uno inventa sus propias puertas para cerrarlas con la rara esperanza
de que aparezca un par de golpecillos al día siguiente y así creer que en este
juego de nombrar la propia muerte hay un propósito constante.
Tuesday, May 28, 2013
Taraxacum
Hace una semana las
vi, por encima de su rutina asfixiada de polen, como si estuvieran riendo de
saber que morirían recién nacidas. Se les metió esa loca idea de salir por los senderos.
Su desfile era parte de ese gesto desafiante de no creer ni en el verano ni en
los desenfrenados vientos que le arrancan el sol al Midwest por la tarde. Vivieron,
se quedaron por un breve lapso y, finalmente, quién sabe que les pasó. Posiblemente,
se repartieron una llovizna como si fueran un hotel de calamidades y rezaron su
rosario de secuestros, uno por uno. Ahora, ya no les quedan ni los amaneceres.
Solamente se dedicaron a apretar las semillas hasta que fue imposible y, como
en cada ciclo, explotaron como el llanto cuando llega el cansancio. Así, echaron
un rumor sobre la luna llena; nomás por el puro placer de mirarse al espejo de
frente y perfil.
Sunday, January 6, 2013
La Ciudad
Me gustaba merodear esa ciudad bajo pretextos
más puntuales que insuficientes, especialmente cuando ya no me bastaba
la penumbra del dormitorio para disuadir a los problemas habituales que
acechan la soledad cotidiana de un cuaderno. Me gustaba
salir y verla así, hundida en esas suavidades de piano que se enredan
entre columnas y ventanas; profeirle preguntas angulares con los ojos y
después cerrarlos para capturar la experiencia bajo los párpados. Me
agradaba ser testigo de sus dramas vespertinos, sus llantos en forma de
lluvia y, en ocasiones, de sus ceremonias lineales que parecían no
terminar nunca. A veces, se me ocurría caminar, reducido entre sombras
de humo, y no parar hasta verla de espaldas, y en una de sus
negligencias sentir que me volvía invisible detrás de los clubes, de las
tiendas, junto a la complicidad del concreto. Cierto día debí
convencerme que aun la observación más insensata tiene sus límites y que
cualquier caminata es una lucha contra reloj, pero sobre todo, contra
el odio de perderla para siempre. De cualquier manera, creo que esa
ciudad, cansada de mi propósito, lavó mis pasos hace mucho tiempo y
ahora seduce a otros con la misma novedad de antes, de siempre.
Thursday, December 20, 2012
Lugar
Hay
un lugar donde las piedras son un ejército de puertas cerradas y la
impaciencia es una noche parecida a un lustro. Allí las hojas sueñan a
no caer como profecías, sino a morar la posteridad de una espera en
silencio. Sí… ese lugar espera, espera y espera. Se comunica sin
escrituras y se desangra en esos juegos dóciles, a través de esas
búsquedas que inspiran el temor del mundo físico, aunque sea
en blanco y negro. Se trata de un sitio donde una semana es un halago y
la opresión de la luz es el principio de todo cambio, a veces
deplorable, en ocasiones necesario… Los días son tan largos como pueden
ser y se llenan de meditaciones que lleva a cabo el tiempo para matar
lo vivo y revivir lo muerto, siempre y cuando el agua haga su labor
resolutiva de los otoños.
De
pronto, dijo que todo era intolerable, que no le importaba más aquella
manera malvada e infantil (lenta la mayoría de las veces) de sentarse a
esperar. Dijo que el tiempo nunca juega limpio y que cuando arrecia la
lluvia las gotas le picotean los pensamientos como preguntas
inconclusas. Tal vez se hartó de esa humedad a la que no le basta
quedarse en los cabellos y los hombros; quizás ese periódico
no fue un refugio eficiente para seguir aguardando un poco más.
Realmente la furia se notaba porque, en primer lugar, la tarde se había
desparramado y ni la niebla pudo salvar la luz de todos los silencios ni
del recio apretón de no escuchar. Miró hacia allá y hacia el otro lado;
quiso sacar un cigarrillo, pero recordó que ya no fumaba más. Solamente
se acordó de la ausencia y de ese trozo de infamia al final de cada
día. Finalmente comprendió la forma de un odio en repetición y dijo que
no hay cosa peor que las discusiones anónimas, sin más testigos que
hojas muertas; dijo que los llantos, los chismes y los dedos para contar
las horas habían llegado hasta el límite, y que, como el agua, toda
súplica se resbalaría hacia la nada a dormir con el otoño.
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